domingo, 5 de mayo de 2013

Elmar y los Reyes de Íloren




Lejos de acá, muy al Sur, donde la noche dura muchas semanas y el día pasa tan rápido como un abejorro, se halla el Gran Bosque de Íloren.
Nunca nadie vio un bosque tan inmenso y oscuro como aquel. Jamás se han vuelto a ver sobre la tierra árboles como los que allí crecen. Porque como los árboles de Íloren no hay en ninguna otra parte; tan altos que a su lado una jirafa es enana, tan anchos como diez elefantes y de un verde tan pero tan intenso que llega a brillar.
Y ahí, entre las ramas de esos árboles en casas hechas de hojas secas, vive el Pueblo de Las Altas Hojas, formado por hombres y mujeres tan pequeños como ratones, todos ellos de ojos azules, alborotados cabellos grises y pieles cobrizas como hojas de otoño. Y entre estas diminutas personas, en los árboles del límite exterior del bosque, vivía un joven llamado Elmar que soñaba con realizar un viaje hacia el centro mismo de Íloren para conocer a los reyes de los que tanto había oído hablar y que allí residían.
Así fue como, una noche de luna clara y brillante, con un viento tibio agitándole el cabello, Elmar tomó su mochila de viaje, guardó en ella varios mapas, un cuaderno, lápices, ropa de repuesto, comida, la cantimplora con agua, varias cosas útiles más y emprendió la marcha.
Elmar sabía  bien como orientarse por las estrellas pues él vivía en las altas ramas de los árboles desde donde podía verlas siempre que quisiera, pero, como no tenía alas para ir de rema en rama tenía que descender al suelo del bosque para realizar su viaje. De todos modos esto no lo preocupaba en absoluto ya que iba bien equipado de mapas muy detallados y hasta una brújula tenía.
Bajar del árbol donde vivía fue un esfuerzo enorme que le llevó una semana entera. Para cuando lo logro la noche larga de Íloren había terminado y un sol suave iluminaba a penas, casi nada, el suelo cubierto de hojas húmedas. Temblando, un poco por el frío, otro poco por el miedo (aunque él no quisiera reconocerlo), Elmar sacó una vara luminosa de la mochila y consultó uno de sus mapas. Lo miró una y otra vez hasta que llegó a la conclusión de que debía seguir hacia adelante y que, caminando durante tres días, llegaría a un río y de ahí, tal vez, al hogar de los reyes. Así que juntó coraje, respiro hondo y se puso a andar.
Todo cuanto veía le llamaba la atención: escarabajos rojos con cuernos dorados acarreando piedras; libélulas de alas azules y violetas juntando agua en las hojas; gusanos de seda hilando sus capullos blancos; y hasta una hilera de hormigas cabezonas arreando su rebaño de pulgones dulces. Elmar miraba con asombro, se detenía de pronto y anotaba en su cuaderno algo que le parecía interesante o lo dibujaba rápidamente antes de olvidarlo. Tanto lo fascinaban las cosas que iba descubriendo que ,  sin darse cuenta, se fue desviando del camino de debía seguir y, de pronto, noto que estaba perdido. Por supuesto esto no le causó ninguna preocupación pues confiaba plenamente en sus mapas así que se sentó sobre una roca grande y verde, que le pareció comodísima, se descolgó la mochila y mientras comía un delicioso pastel de avellanas, brújula en mano, se puso a revisar todos sus mapas. Mordía el pastel y señalaba un camino, masticaba y anotaba algo importante a tener en cuenta.  Tanto se concentró que ni cuenta se dio del tiempo que pasaba y, como había caminado durante todo el día, y además comer siempre le daba mucho sueño, se quedó dormido sobre la roca verde.
Muy profundo se durmió Elmar, tanto que roncaba (¡y muy fuerte!), y por eso demoró en darse cuenta que la roca sobre la cual dormía se empezó a mover, a decir verdad empezó a correr. Y el pobre Elmar se sacudía tanto de arriba para abajo que terminó por despertarse. Asustado y confundido veía pasar los árboles a su alrededor a gran velocidad. Hasta que logró entender que lo en realidad se movía era él, o más bien, la roca con él arriba. Aterrado junto todas sus cosas como pudo y las metió en la mochila y trató de pensar. “¡Las rocas no corren! ¡Las rocas no corren”, se dijo mientras intentaba ver el camino. Pero iba tan rápido que se mareaba. Y entonces la roca frenó de golpe y Elmar cayó, todo despatarrado, sobre un charco oscuro, espeso y apestoso.
Dolorido y sucio vio que la roca tenía un cuello muy arrugado, y en el una cabeza enorme, y en ella unos ojos grandes, y vio que la roca era una tortuga.
-Qué feo olor- Dijo la roca-tortuga olfateando a Elmar y se marchó a toda velocidad.
“Vaya”, se dijo Elmar, “no sabía que las tortugas pudieran correr así, esto tengo que anotarlo”. Pero, al sacar el cuaderno de la mochila se dio cuenta que ya no tenía ninguno de sus mapas. “Oh, qué mala suerte la mía”, se dijo llorando, “seguro se cayeron cuando esa tortuga loca se puso a correr”. Y tan triste estaba que ni notó que aún seguía sentado en medio del charco inmundo y oloroso.
-¿Te vas a quedar ahí para siempre?- Escuchó de pronto que le decían.
 Elmar se paró de un salto buscando de dónde venía esa voz.
-Si seguís ahí metido te vas a quedar con ese olor asqueroso para siempre- Volvió a decir la voz.
Entonces la vio. Era  bajita como él, tenía cabello largo y rojo, unos diminutos ojos color miel y un vestido de hojas secas.
­-Eh, ¿de dónde saliste?­- Dijo Elmar mirándola con ojos muy abiertos.
-Vivo por ahí­- dijo ellas señalando a un costado-Me llamo Ura.
-Ah, yo soy Elmar, y creo que me perdí.
-Mm, yo creo, más bien, que te caíste, y a un Pantano Muy Maloliente. Va a ser mejor que salgas y te laves pronto o te quedás con el olor para siempre.
Elmar miró alrededor  y no vio ningún sitio donde pudiera lavarse por lo que pensó que Ura lo estaba cargando. Pero ella, sonriendo, estiró uno de sus brazos y, señalando hacia una loma verde, volvió a hablar.
-Por ahí hay un río ¿Te llevo?
Elmar dudó un rato, después de todo no conocía a Ura y no sabía si podía confiar en ella, pero el olor que llevaba en sima era tan espantoso que al final se decidió y la siguió.


Le costó bastante andar al ritmo de Ura porque él iba mojado, sucio, dolorido y con la mochila a cuestas, así que, cuando llego a la sima de la loma, estaba malhumorado y resoplaba de cansancio.
-Ahí está ¿no es hermoso?- Dijo Ura señalando hacia adelante y salió corriendo.
Y en verdad lo que vio Elmar lo llenó tanto de asombro que se olvidó de todo lo mojado, oloroso y cansado que estaba. Frente a él Había un río de aguas tan azules como nunca en su vida había visto en cual habían numerosos barquitos hechos de nueces y caracoles vacíos, todos con remeros de cabellos rojos que desde lejos saludaban con la mano a Ura.

De a poco Elmar fue reaccionando y se acordó que olía mal, muy mal, así que se lavó con el agua del río, que era fresquita y tenía un sabor distinto cada vez que se la probaba; limpió su mochila y se puso ropa limpia y que olía bien.

Cuando terminó de lavarse y cambiarse, Ura lo llevó a uno de los botes y le presentó a un hombre muy viejo y simpático que lo invitó a comer. Y Elmar, que tenía un hambre inmensa, probó todo cuanto le dieron: pescado frito con salsa de sauco, hongos asados con crema de raíces, ensaladas de flores con miel y tantas cosas que perdió la cuenta.
-¿Andas de viaje?- le preguntó el hombre viejo
-Shi- Respondió Elmar con la boca llena- Quie´o conoshé a los reyes pero no shé adonde viv´en
Y vio que el anciano sonreía. Pero tanto comer, como siempre, le volvió a dar sueño, tanto que se echó sobre el piso del bote y sintió que alguien lo tapaba con una manta calentita, y entonces, mecido por el río, se durmió.

Cuando despertó era de noche otra vez. Y el bote estaba quieto. Despacito Elmar se levantó y vio que estaba en la orilla, junto a un muelle de madera blanca lleno de farolitos dorados. Así que tomo su mochila y salió del bote.

Frente al muelle había un montón de casas hechas de ramas doradas y hojas otoñales y cada una había también un farolito. A Elmar, que estaba acostumbrado a vivir sobre las ramas de los árboles, esas casas en el suelo le parecieron muy extraña y quiso conocerlas mejor, así que se decidió a caminar hacia la que estaba más cerca. Y en eso estaba cuando vio, que andando lento hacia él, venían los habitantes del pueblo, todos igualitos a los de los botes, y entre ellos iba Ura, pero estaba distinta porque llevaba un vestido azul que la hacia verse más linda y  una cinta plateada le sujetaba el cabello. Y a su lado estaban  un hombre y una mujer que se le parecían mucho y que en sus frentes llevaban cintas de plata que brillaban como estrellas.
-Hola, mis papás quieren conocerte­- Le dijo Ura cuando llegó a su lado.
Y Elmar abrió tanto los la boca por el asombro que los demás no pudieron hacer otra cosa que reírse.
­-Te va a entrar una mosca- Le dijo el hombre de la corona plateada
-Us... usted...- Balbuceó Elmar
-Si­- Sonrío el hombre
­-Usted... ella... ¿ustedes son los papás de Ura?
-Así es
-Y...ustedes... son... son... ¡¿los reyes de Íloren?!
-Sí, eso somos- dijo entonces la mujer y agregó sonriendo­- y mi hija dice que vos viajaste mucho para llegara acá y vistes muchas cosas interesantes.
-Bueno, eh...si algunas vi- Respondió Elmar poniéndose tan colorado como un carbón encendido.
-Nos gustaría que te quedaras un tiempo con nosotros y nos contaras todo lo que descubriste- Le pidieron los reyes.
Y desde entonces Elmar pasa todos los inviernos en casa del rey y la reina de Íloren para partir de nuevo, en los meses de calor, en busca de nuevas especies que descubrir y nuevos caminos que trazar. Y en todos los viajes ahora lo acompaña Ura,  y juntos exploran el Gran Bosque que es enorme y parece no tener fin.






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