martes, 16 de julio de 2013

Queja de Elefante


Tengo un elefante sentado en el pecho, se bebe mi llanto antes de que explote,
se traga mis palabras, bloquea el paso a los besos.
Sentado  ahí  hunde mis costillas, aplasta mi costado herido con sus patas grises
y construye su madriguera, calentito se queda entre mis desazones.
No tiene hambre pero igual deglute insaciable mi ansiedad.
Sabe que no le temo y no se apresura a marcharse, inclina su cuerpo,
 vaivén, desgastando mis huesos.
Es demasiado enorme este elefante. Y se resiste a recibir un nombre.
Camina lento el elefante sobre mis pulmones.
Un paso, inspiro; un paso, exhalo; un paso, inspiro; un paso, exhalo;  un paso...
 Me quedo sin aire.
¡Ah, pero este elefante no sabe estarse quieto!
No quiere, me invade con su desastre.
Lo tiento con una promesa,  le invento canciones  con ritmo de guitarra acelerada,
lo distraigo (eso creo) con un poco de miel.
 Pero sigue ahí, entre el esternón y las vértebras. Saltando.
Mis gatas me miran el pecho, piden permiso al elefante para recostarse en su viejo lomo inclinado “¡No, basta, ya es mucho peso!” Quiero gritarles.
Pero acá manda él y las eleva con su trompa a la sima de su cuero gris.
Cada vez me hundo más.
“Dormite y dejá de molestar”, ordena el elefante.
Cuando despierte va a dolerme el cuerpo.



domingo, 5 de mayo de 2013

Elmar y los Reyes de Íloren




Lejos de acá, muy al Sur, donde la noche dura muchas semanas y el día pasa tan rápido como un abejorro, se halla el Gran Bosque de Íloren.
Nunca nadie vio un bosque tan inmenso y oscuro como aquel. Jamás se han vuelto a ver sobre la tierra árboles como los que allí crecen. Porque como los árboles de Íloren no hay en ninguna otra parte; tan altos que a su lado una jirafa es enana, tan anchos como diez elefantes y de un verde tan pero tan intenso que llega a brillar.
Y ahí, entre las ramas de esos árboles en casas hechas de hojas secas, vive el Pueblo de Las Altas Hojas, formado por hombres y mujeres tan pequeños como ratones, todos ellos de ojos azules, alborotados cabellos grises y pieles cobrizas como hojas de otoño. Y entre estas diminutas personas, en los árboles del límite exterior del bosque, vivía un joven llamado Elmar que soñaba con realizar un viaje hacia el centro mismo de Íloren para conocer a los reyes de los que tanto había oído hablar y que allí residían.
Así fue como, una noche de luna clara y brillante, con un viento tibio agitándole el cabello, Elmar tomó su mochila de viaje, guardó en ella varios mapas, un cuaderno, lápices, ropa de repuesto, comida, la cantimplora con agua, varias cosas útiles más y emprendió la marcha.
Elmar sabía  bien como orientarse por las estrellas pues él vivía en las altas ramas de los árboles desde donde podía verlas siempre que quisiera, pero, como no tenía alas para ir de rema en rama tenía que descender al suelo del bosque para realizar su viaje. De todos modos esto no lo preocupaba en absoluto ya que iba bien equipado de mapas muy detallados y hasta una brújula tenía.
Bajar del árbol donde vivía fue un esfuerzo enorme que le llevó una semana entera. Para cuando lo logro la noche larga de Íloren había terminado y un sol suave iluminaba a penas, casi nada, el suelo cubierto de hojas húmedas. Temblando, un poco por el frío, otro poco por el miedo (aunque él no quisiera reconocerlo), Elmar sacó una vara luminosa de la mochila y consultó uno de sus mapas. Lo miró una y otra vez hasta que llegó a la conclusión de que debía seguir hacia adelante y que, caminando durante tres días, llegaría a un río y de ahí, tal vez, al hogar de los reyes. Así que juntó coraje, respiro hondo y se puso a andar.
Todo cuanto veía le llamaba la atención: escarabajos rojos con cuernos dorados acarreando piedras; libélulas de alas azules y violetas juntando agua en las hojas; gusanos de seda hilando sus capullos blancos; y hasta una hilera de hormigas cabezonas arreando su rebaño de pulgones dulces. Elmar miraba con asombro, se detenía de pronto y anotaba en su cuaderno algo que le parecía interesante o lo dibujaba rápidamente antes de olvidarlo. Tanto lo fascinaban las cosas que iba descubriendo que ,  sin darse cuenta, se fue desviando del camino de debía seguir y, de pronto, noto que estaba perdido. Por supuesto esto no le causó ninguna preocupación pues confiaba plenamente en sus mapas así que se sentó sobre una roca grande y verde, que le pareció comodísima, se descolgó la mochila y mientras comía un delicioso pastel de avellanas, brújula en mano, se puso a revisar todos sus mapas. Mordía el pastel y señalaba un camino, masticaba y anotaba algo importante a tener en cuenta.  Tanto se concentró que ni cuenta se dio del tiempo que pasaba y, como había caminado durante todo el día, y además comer siempre le daba mucho sueño, se quedó dormido sobre la roca verde.
Muy profundo se durmió Elmar, tanto que roncaba (¡y muy fuerte!), y por eso demoró en darse cuenta que la roca sobre la cual dormía se empezó a mover, a decir verdad empezó a correr. Y el pobre Elmar se sacudía tanto de arriba para abajo que terminó por despertarse. Asustado y confundido veía pasar los árboles a su alrededor a gran velocidad. Hasta que logró entender que lo en realidad se movía era él, o más bien, la roca con él arriba. Aterrado junto todas sus cosas como pudo y las metió en la mochila y trató de pensar. “¡Las rocas no corren! ¡Las rocas no corren”, se dijo mientras intentaba ver el camino. Pero iba tan rápido que se mareaba. Y entonces la roca frenó de golpe y Elmar cayó, todo despatarrado, sobre un charco oscuro, espeso y apestoso.
Dolorido y sucio vio que la roca tenía un cuello muy arrugado, y en el una cabeza enorme, y en ella unos ojos grandes, y vio que la roca era una tortuga.
-Qué feo olor- Dijo la roca-tortuga olfateando a Elmar y se marchó a toda velocidad.
“Vaya”, se dijo Elmar, “no sabía que las tortugas pudieran correr así, esto tengo que anotarlo”. Pero, al sacar el cuaderno de la mochila se dio cuenta que ya no tenía ninguno de sus mapas. “Oh, qué mala suerte la mía”, se dijo llorando, “seguro se cayeron cuando esa tortuga loca se puso a correr”. Y tan triste estaba que ni notó que aún seguía sentado en medio del charco inmundo y oloroso.
-¿Te vas a quedar ahí para siempre?- Escuchó de pronto que le decían.
 Elmar se paró de un salto buscando de dónde venía esa voz.
-Si seguís ahí metido te vas a quedar con ese olor asqueroso para siempre- Volvió a decir la voz.
Entonces la vio. Era  bajita como él, tenía cabello largo y rojo, unos diminutos ojos color miel y un vestido de hojas secas.
­-Eh, ¿de dónde saliste?­- Dijo Elmar mirándola con ojos muy abiertos.
-Vivo por ahí­- dijo ellas señalando a un costado-Me llamo Ura.
-Ah, yo soy Elmar, y creo que me perdí.
-Mm, yo creo, más bien, que te caíste, y a un Pantano Muy Maloliente. Va a ser mejor que salgas y te laves pronto o te quedás con el olor para siempre.
Elmar miró alrededor  y no vio ningún sitio donde pudiera lavarse por lo que pensó que Ura lo estaba cargando. Pero ella, sonriendo, estiró uno de sus brazos y, señalando hacia una loma verde, volvió a hablar.
-Por ahí hay un río ¿Te llevo?
Elmar dudó un rato, después de todo no conocía a Ura y no sabía si podía confiar en ella, pero el olor que llevaba en sima era tan espantoso que al final se decidió y la siguió.


Le costó bastante andar al ritmo de Ura porque él iba mojado, sucio, dolorido y con la mochila a cuestas, así que, cuando llego a la sima de la loma, estaba malhumorado y resoplaba de cansancio.
-Ahí está ¿no es hermoso?- Dijo Ura señalando hacia adelante y salió corriendo.
Y en verdad lo que vio Elmar lo llenó tanto de asombro que se olvidó de todo lo mojado, oloroso y cansado que estaba. Frente a él Había un río de aguas tan azules como nunca en su vida había visto en cual habían numerosos barquitos hechos de nueces y caracoles vacíos, todos con remeros de cabellos rojos que desde lejos saludaban con la mano a Ura.

De a poco Elmar fue reaccionando y se acordó que olía mal, muy mal, así que se lavó con el agua del río, que era fresquita y tenía un sabor distinto cada vez que se la probaba; limpió su mochila y se puso ropa limpia y que olía bien.

Cuando terminó de lavarse y cambiarse, Ura lo llevó a uno de los botes y le presentó a un hombre muy viejo y simpático que lo invitó a comer. Y Elmar, que tenía un hambre inmensa, probó todo cuanto le dieron: pescado frito con salsa de sauco, hongos asados con crema de raíces, ensaladas de flores con miel y tantas cosas que perdió la cuenta.
-¿Andas de viaje?- le preguntó el hombre viejo
-Shi- Respondió Elmar con la boca llena- Quie´o conoshé a los reyes pero no shé adonde viv´en
Y vio que el anciano sonreía. Pero tanto comer, como siempre, le volvió a dar sueño, tanto que se echó sobre el piso del bote y sintió que alguien lo tapaba con una manta calentita, y entonces, mecido por el río, se durmió.

Cuando despertó era de noche otra vez. Y el bote estaba quieto. Despacito Elmar se levantó y vio que estaba en la orilla, junto a un muelle de madera blanca lleno de farolitos dorados. Así que tomo su mochila y salió del bote.

Frente al muelle había un montón de casas hechas de ramas doradas y hojas otoñales y cada una había también un farolito. A Elmar, que estaba acostumbrado a vivir sobre las ramas de los árboles, esas casas en el suelo le parecieron muy extraña y quiso conocerlas mejor, así que se decidió a caminar hacia la que estaba más cerca. Y en eso estaba cuando vio, que andando lento hacia él, venían los habitantes del pueblo, todos igualitos a los de los botes, y entre ellos iba Ura, pero estaba distinta porque llevaba un vestido azul que la hacia verse más linda y  una cinta plateada le sujetaba el cabello. Y a su lado estaban  un hombre y una mujer que se le parecían mucho y que en sus frentes llevaban cintas de plata que brillaban como estrellas.
-Hola, mis papás quieren conocerte­- Le dijo Ura cuando llegó a su lado.
Y Elmar abrió tanto los la boca por el asombro que los demás no pudieron hacer otra cosa que reírse.
­-Te va a entrar una mosca- Le dijo el hombre de la corona plateada
-Us... usted...- Balbuceó Elmar
-Si­- Sonrío el hombre
­-Usted... ella... ¿ustedes son los papás de Ura?
-Así es
-Y...ustedes... son... son... ¡¿los reyes de Íloren?!
-Sí, eso somos- dijo entonces la mujer y agregó sonriendo­- y mi hija dice que vos viajaste mucho para llegara acá y vistes muchas cosas interesantes.
-Bueno, eh...si algunas vi- Respondió Elmar poniéndose tan colorado como un carbón encendido.
-Nos gustaría que te quedaras un tiempo con nosotros y nos contaras todo lo que descubriste- Le pidieron los reyes.
Y desde entonces Elmar pasa todos los inviernos en casa del rey y la reina de Íloren para partir de nuevo, en los meses de calor, en busca de nuevas especies que descubrir y nuevos caminos que trazar. Y en todos los viajes ahora lo acompaña Ura,  y juntos exploran el Gran Bosque que es enorme y parece no tener fin.






domingo, 7 de abril de 2013

Amor-Desamor en Bs. As. o las consecuencias de un fin de semana con sobredosis de comedias románticas


-1-
-¿Por qué es tan difícil el amor?-preguntó ella acurrucándose en sus brazos.
-El amor no existe- aseguró él- es un invento para retenerte a mi lado.
Y volvió a besarla.

-2-
-Cuando empiece a llover no voy a quererte más-  le dijo.
Ella, por las dudas, sacó las plantas al balcón.

-3-
¿Querés agua?
No.
¿Pan?
No.
¿Entonces me querés?
No...

-4-
-Es lunes.
-Ya lo sé.
-Los lunes no se ama a nadie.
-Es mentira.
-Hoy es lunes, y no te quiero.

-5-
-¡Quedate quieto porque me mareás!
-Entonces dejá de quererme
-No tengo ganas.
-¿Querés que deje de quererte yo?
-Hoy no.
-Dame un beso.
-¿Y te vas a quedar quieto?
-Si me dejás de querer.

-6-
-¿Sabés qué es eso?
-¿Nuestro  amor?
-No, bobo, es un ratón que trajo la lluvia.
-Ah, entonces todavía me querés.
-Hasta que pase la lluvia.

-7-
-Creo que voy a amarte para siempre.
-¿Eso cuanto tiempo es?
-Hasta el martes ¿te parece bien?
-No, el martes no, tengo dentista.
-Entonces hasta el domingo.
-El domingo está bien, va a hacer calor y te voy a amar sólo hasta el lunes.
-Entonces el lunes voy a llorar.
-Pero un día menos que yo.

-8-
-¿Me abrazás?
-Cuando caiga esa hoja del árbol
-¿Tengo que esperar hasta el Otoño?
-Si me querés, sí.
-Dejá, mejor me pongo un suéter.
-¿Pero no querías que te abrace?
-Esperá hasta el Otoño.

-9-
-¿Este es el final?
-Si vos querés.
-No sé ¿qué vas a hacer cuando me vaya?
-Salir a correr
-¿Vos?
-Lo de ponerse a tejer me parece aburrido.
-Pero  correr...
-¿Querías que me quedara acá esperándote?
-Si
-No me va a salir
-Que pena.
-Sí, que pena.

-10-
-Deberías escribir uno más
-¿Por qué?
-Porque diez es un número más completo.
-Pero vos ya te fuiste.
-Puedo volver.
-¿Para qué?
-Para que puedas escribir uno más...
-No, dejate de hinchar, ya puse mis libros en tu lado de la biblioteca.
­-Y si querés me das un beso...
-Ah, eso sí, pero después te vas, mis libros están bien así.




martes, 4 de septiembre de 2012

Regresar



            Regresar y saber que ya no estarás en la casa vieja esperándome. Miro el reloj por última vez antes de subir al taxi, le paso la dirección de La Flaca al chofer y me alejo del despelote de la terminal. Reviso la agenda por enésima vez desde que llegué a Santiago, tengo poco más de una semana para volver a querer a esta ciudad plagada de smog y los primeros tres días se me irán en ir a conferencias  y redactar las columnas de este mes.
Llego con el sol lamiendo la sima de los cerros. El departamento de La Flaca, está a mitad de camino entre el Cerro Santa Lucia y La Moneda, en un edificio poco llamativo pero con muchas plantas en los balcones. El balcón de La Flaca es, definitivamente, el más selvático de todos. Desciendo del taxi con la sensación de estar regresando tarde, a deshora, a un sitio que no me pertenece aunque reconozca todas sus formas. Miro hacia el hall del edificio. La Flaca corre ya hacia mí.
-¡Chuta que habís demorado, cabrita! ¿Qué onda el viaje? ¿Dormiste algo?-
Y yo, que intento contener todo lo que tengo para contarle, sólo atino a colgarme de los hombros la mochila y el bolso mientras le respondo a todo que sí.
-Ya, po, vámonos pa´arriba- Invita y ante mi mirada desconcertada aclara-No te asustís, Petisa, que ahora sí anda el ascensor.
-Mejor así, Flaca, porque ni en pedo vuelvo a subir siete pisos por escalera.
Y sonriendo entramos al edificio.
            El departamento de La Flaca cambió poco desde la última vez.
-Ya, deja todo por ahí y siéntate así tomamos un tecito-Ordena La Flaca con dulzura.
-Preferiría unos mates, Flaca- replico descargando bolso y mochila.
-Ah, pa´eso vas a tener que espera que llegue el Lucho con los cabros de la orquesta porque yo salí bien mala pa´el mate.- Sentencia ella al entrar en la pequeña cocina de paredes verdes.
-Tengo que comprarme una de esas teteras eléctricas- La oigo decir cuando enciende la hornalla.
Mientras me desparramo entre los almohadones del sillón desde donde puedo ver el balcón con su súper población de cactus y helechos.
Tres años. Tres años y cinco días desde la última vez que estuve acá. Pero entonces no hubo tiempo de visitar a La Flaca ni al resto, y Santiago estaba demasiado gris y me aplastaba contra el asfalto dejándome restos amargos en la garganta.
El sonido de las tazas sobre la mesa me llama de vuelta al ahora. La Flaca despliega un desparejo juego de té sobre las tablas desnudas. Pienso casi irritada “en esta casa no se usa mantel”, y río mientras me digo que ya estoy pensando como mi abuela. Me arrimo a la mesa justo cuando se abre la puerta y, de espaldas a mi, entra un hombre bastante más alto que yo, guitarra al hombro y una boina gastada sobre su enmarañado cabello castaño.
-Hola, Lucho- le digo tomando su brazo con la mano.
-¡Petisa!- Exclama y la guitarra va a dar al sillón mientras le devuelvo el abrazo en puntas de pie- Me hubieran avisado que llegabas hoy así te iba buscar- Se queja Lucho dándole un beso a La Flaca
-¡Qué querís si esta me  avisó recién cuando llegó a la terminal!- Replica ella haciéndose la enojada. Y al rato estamos los tres sentados, saboreando el té. Igual que siempre. Como si aún estuviéramos todos. Como si la casa vieja aún existiera.

miércoles, 18 de abril de 2012

Diario de las princesas viceversa I

Princesa de Medianoche

En algún momento de la jornada perdí un zapato. Eso creo. No me importa demasiado, suelen dolerme los pies cuando ando calzada.

Ayer me dormí tarde, realmente muy tarde. El viento soplaba con fuerza y me dieron ganas de pasear por el huerto. Me escapé y di unas cuantas vueltas por el trigal. A veces me parece que sería fácil creerles toda esa ristra de argumentos por los cuales “no deberías andar JAMÁS tan lejos de tu habitación”, pero, en cuanto apoyo mis pies desnudos sobre la húmeda tierra nocturna, se me van de la cabeza y pienso sólo en mis ganas de correr.

La noche inventa cuentos en mi regazo. Conozco a todos los seres que la habitan. Es un secreto entre las hadas y yo. No hay magia, sólo desobediencia que se le parece bastante.

miércoles, 4 de abril de 2012

Abril o el otoño encantado

Abril lleva nombre de hada, hada inquieta, saltarina, de fuego.

Abril enciende esos ojos de niña guerrera y alborota el viento.

Abril empuja, grita que derritas los hielos eternos,

y sale corriendo como gorrión enloquecido.

Abril es pura magia descontrolada,

y te deja dando vueltas entre las alas de una libélula.

Abril con sus fuegos

se va, y vuelve, de una respiración a otra.

Abril como luna veloz

como sirena despeinada

como un destello de luz en la noche.

Sólo Abril.

jueves, 8 de marzo de 2012

Ser Mujer



Durante siglos (varios cientos de siglos) nos dijeron que no teníamos voz, que no servíamos, que no teníamos fuerza, que debíamos obedecer.

Durante siglos (demasiados siglos) el miedo nos ganó el alma y “dejamos” que fuera así.

Pero el miedo no es una criatura inmóvil, busca obtener más, devorarlo todo, controlar.

Y cuando eso pasa, cuando nos aterrorizan para no dejarnos ser, se va juntando por dentro una fuerza incontrolable que o bien se queda adentro y nos auto destruye o sale y transforma en motor de lucha, en furia guerrera.

Ese motor incansable, esa energía imparable es la que ha movido siempre a ciento de miles de mujeres que jamás se han querido creer el cuento la princesa obediente que espera en la torre a que a algún valiente caballero se le ocurra rescatarla.

Esa fuerza, esa luz que enciende los sueños, que intenta caminos, que grita, que pelea es la misma que le da forma a la vida, que reinventa el amor y el Universo.

Ser mujer es renovar esa energía de Diosa Madre, Diosa Guerrera, Diosa Creadora que nos ha dicho, desde el comienzo de los tiempos (aunque quisieran callarla) que no es cierto que no podamos, que en nosotras está presente, siempre, el poder necesario para hacer lo que nos proponemos (o al menos intentarlo, que nos es poco).

Esa fuerza, en definitiva, que grita, y seguirá gritando, que no hay UNA sola manera de ser mujer, que cada una de nosotras puede, y tiene derecho, a vivir su cuerpo del modo que quiera, que TODAS pueden soñar el sueño que más les guste sin dar explicaciones, que es deber de TODAS luchar porque ya ninguna mujer siga creyendo que no tiene voz.

El camino es nuestro, lo hacemos nosotras del modo que más nos guste.

Sólo hay que caminar.