¿Qué queda para el árbol que crece
en el margen violento de la vereda?
¿Qué raíz amarga,
sabia herida,
rencor del golpe en la espalda?
Ser lo que le sobra a esta Ciudad
-reina sucia,enmohecida,
Saturno deglutiente de piernas dobladas-
ser menos que nada
y tener que vivir igual.
¿Qué queda
desde la vereda sucia,
desde la sangre en las alcantarillas
para el árbol inclinado
que busca sombra?
¿Para la sombra misma
ya dolida,
rota,
cansada de ser sombra
y nada más?
¿Qué queda entonces
para estas manos
que se resisten a no ser vistas?
¿Para estos niños,
ya hombres,
ya mujeres,
recibiendo el golpe
en las piernas,
el vientre,
el sexo?
¿Qué queda si ya no estás,
si ya no estamos
para gritar?
viernes, 8 de mayo de 2009
sábado, 21 de marzo de 2009
Miércoles por avión
"regalo para la Linterna"
Roger levantó la cabeza con una lentitud exasperante y fijó la vista en la pantalla de titilantes letras rojas, a decir verdad toda la operación fue bastante inútil ya que, sin las gafas, sólo alcanzaba a ver una sucesión de líneas y puntos centelleantes que no le decían nada. Consultó la hora en su teléfono móvil pero el gestó fue demasiado mecánico y no llegó a registrar los números en su mente, aunque tampoco le importó. De un parlante hostil emanó una voz lánguida pronunciando palabras apretadas en un idioma que no entendió por lo que decidió acercarse a la zona de arribos.
Detrás suyo, de pie, con un arrugado traje marrón, un hombre sostenía en alto un cartel donde había garabateado a toda prisa un nombre con tinta verde; unos metros más atrás otro hombre, algo robusto y calvo, sostenía otro cartel de letras imposibles. Le pareció que ninguno de los dos parpadeaba y se preguntó si no debería haber llevado su propio cartel, aunque más no fuera para sentir que hacía algo mientras esperaba. A pocos metros, a la derecha, una pareja de jóvenes permanecía en silencio tomados de la mano; junto a ellos un grupo integrado por tres señoras regordetas fijaba su vista en las puertas de arribo. A su alrededor varias personas iban y venían, o simplemente estaban de pie, sin demasiado entusiasmo.
La voz lánguida volvió a la carga con su discurso indescifrable. Con las manos en los bolsillos, Roger, oteo el panorama: los rostros de los recién llegados no le decían nada más allá de las ojeras de los hombres y los peinados alborotados de las mujeres. No eran “los suyos” por lo que giró sobre sus talones y se dirigió hacia la caseta del expendio de golosinas. Frente a una multitud de chocolatinas y paquetes de caramelos su mente se vació de pensamientos; lentamente recobró el aroma de un cuerpo lejano, el deslizar suave de sus manos por la desnudes de su espalda, las noches interminables al borde del abismo.
De pronto sintió un leve roce en el brazo y una tibieza que sujetaba firmemente su mano abierta. Volvió la cabeza en dirección a aquel contacto y entonces la vio: allí estaba, sin maquillaje, como siempre, con el cabello suelto y una maleta siguiéndola.
-¿Buscamos un taxi o caminamos?
Preguntó dejándole un beso sobre su boca cerrada.
-Caminemos.
Atinó a responder Roger y se dejó llevar de la mano. Como siempre.
Roger levantó la cabeza con una lentitud exasperante y fijó la vista en la pantalla de titilantes letras rojas, a decir verdad toda la operación fue bastante inútil ya que, sin las gafas, sólo alcanzaba a ver una sucesión de líneas y puntos centelleantes que no le decían nada. Consultó la hora en su teléfono móvil pero el gestó fue demasiado mecánico y no llegó a registrar los números en su mente, aunque tampoco le importó. De un parlante hostil emanó una voz lánguida pronunciando palabras apretadas en un idioma que no entendió por lo que decidió acercarse a la zona de arribos.
Detrás suyo, de pie, con un arrugado traje marrón, un hombre sostenía en alto un cartel donde había garabateado a toda prisa un nombre con tinta verde; unos metros más atrás otro hombre, algo robusto y calvo, sostenía otro cartel de letras imposibles. Le pareció que ninguno de los dos parpadeaba y se preguntó si no debería haber llevado su propio cartel, aunque más no fuera para sentir que hacía algo mientras esperaba. A pocos metros, a la derecha, una pareja de jóvenes permanecía en silencio tomados de la mano; junto a ellos un grupo integrado por tres señoras regordetas fijaba su vista en las puertas de arribo. A su alrededor varias personas iban y venían, o simplemente estaban de pie, sin demasiado entusiasmo.
La voz lánguida volvió a la carga con su discurso indescifrable. Con las manos en los bolsillos, Roger, oteo el panorama: los rostros de los recién llegados no le decían nada más allá de las ojeras de los hombres y los peinados alborotados de las mujeres. No eran “los suyos” por lo que giró sobre sus talones y se dirigió hacia la caseta del expendio de golosinas. Frente a una multitud de chocolatinas y paquetes de caramelos su mente se vació de pensamientos; lentamente recobró el aroma de un cuerpo lejano, el deslizar suave de sus manos por la desnudes de su espalda, las noches interminables al borde del abismo.
De pronto sintió un leve roce en el brazo y una tibieza que sujetaba firmemente su mano abierta. Volvió la cabeza en dirección a aquel contacto y entonces la vio: allí estaba, sin maquillaje, como siempre, con el cabello suelto y una maleta siguiéndola.
-¿Buscamos un taxi o caminamos?
Preguntó dejándole un beso sobre su boca cerrada.
-Caminemos.
Atinó a responder Roger y se dejó llevar de la mano. Como siempre.
sábado, 7 de marzo de 2009
LA CONDICIÓN DE LOS PERROS II
2- Los otros
Los humanos
Sus piernas rectas a la altura de mis ojos. Los veo masticar con fuerza algo de lo que sólo me llega el olor, sé que alguna vez tuve ese olor entre mis dientes pero la verdad se me escapa. Siento el roce de sus manos sobre mi lomo cansado y no quiero moverme hacia la sombra. Creo que podríamos haber sido un pueblo único llamándonos por nuestros nombres, no hay otros como ellos que tengan manadas tan agradables. Pero les faltan, o les sobran, no lo sé, pequeños intentos.
No me ven, si no traigo un hueso en la boca puedo morirme aquí mismo, juntar moscas, infectar su aire y no sabrán por qué han muerto. Somos dos pueblos demasiado cómodos, demasiado acostumbrados los unos a los otros ¿Nos necesitamos? Tal vez no.
Los humanos
Sus piernas rectas a la altura de mis ojos. Los veo masticar con fuerza algo de lo que sólo me llega el olor, sé que alguna vez tuve ese olor entre mis dientes pero la verdad se me escapa. Siento el roce de sus manos sobre mi lomo cansado y no quiero moverme hacia la sombra. Creo que podríamos haber sido un pueblo único llamándonos por nuestros nombres, no hay otros como ellos que tengan manadas tan agradables. Pero les faltan, o les sobran, no lo sé, pequeños intentos.
No me ven, si no traigo un hueso en la boca puedo morirme aquí mismo, juntar moscas, infectar su aire y no sabrán por qué han muerto. Somos dos pueblos demasiado cómodos, demasiado acostumbrados los unos a los otros ¿Nos necesitamos? Tal vez no.
lunes, 23 de febrero de 2009
LA CONDICIÓN DE LOS PERROS I
1- La siesta
Al sol
El calor no desanda la línea que va de mis patas delanteras al extremo último de mi rabo. No me pararé a beber agua, tengo sed pero no lo haré. Estrías de luz me impiden ver incluso mis pensamientos. Apenas tengo la seguridad de poder pensar en algún momento. Veo los ojos que me observan, es cierto, no sé pensar.
Dormir. Unicamente dormir, bajo esta instancia de deshidratación, es real ahora. Sueño formas que me llaman con el nombre de antes, con las voces de la Gran Madre. Soy nuevamente una ínfima partícula que no tiene límites; podría decir que floto pero no es lo que sucede, voy girando sobre mi propio cuerpo, buscando sonidos, placeres, diagramas de una vida que no tiene contornos. Voy a quedarme aquí, llamándome.
Sobre mí avanzan las sombras de la tarde, el suelo desprende vapores de despedida. Mi cuerpo vuelve a la vida antes que yo. Retornaré, lento como la noche que habrá de iniciar, y, otra vez, ladraré a los fantasmas que se desplazan en silencio.
Al sol
El calor no desanda la línea que va de mis patas delanteras al extremo último de mi rabo. No me pararé a beber agua, tengo sed pero no lo haré. Estrías de luz me impiden ver incluso mis pensamientos. Apenas tengo la seguridad de poder pensar en algún momento. Veo los ojos que me observan, es cierto, no sé pensar.
Dormir. Unicamente dormir, bajo esta instancia de deshidratación, es real ahora. Sueño formas que me llaman con el nombre de antes, con las voces de la Gran Madre. Soy nuevamente una ínfima partícula que no tiene límites; podría decir que floto pero no es lo que sucede, voy girando sobre mi propio cuerpo, buscando sonidos, placeres, diagramas de una vida que no tiene contornos. Voy a quedarme aquí, llamándome.
Sobre mí avanzan las sombras de la tarde, el suelo desprende vapores de despedida. Mi cuerpo vuelve a la vida antes que yo. Retornaré, lento como la noche que habrá de iniciar, y, otra vez, ladraré a los fantasmas que se desplazan en silencio.
martes, 13 de enero de 2009
Ahí vamos... otra vez
Nuestra nave (o lo que queda de algo que una vez fue una nave) descendió (más bien, cayó, con mucha gracia eso si) entra casas cubiertas de tierra y árboles.
No sé que nos depara este lugar, pero ya se verá…
No sé que nos depara este lugar, pero ya se verá…
viernes, 12 de diciembre de 2008
Latidos
1-
Tengo un multitud de guerreros bailándome en el pecho, es eso o una murga que me agita la sangre.
El corazón me late a toda prisa, como un conejo perseguido por los lobos de mi sangre, y no puedo detenerlo; no atino a encontrar la calma.
Rebotan, diástole - sístole, los pensamientos en el centro de mi pecho; soy un motor acelerado que no encuentra la maquinaria que lo justifique.
Late
late
late
late
cada vez más fuerte
sin que nadie oiga.
Va rebotando,
esternón contra esternón,
es un nido
de conejos inquietos
un panal sin salida
un torrente de agua a punto de desbordar.
Tam-tam
tam-tam
tam-tam
necesito aire
-ya-
2-
Aire,
aire,
aire,
el aire se alborota en mi
se huracana
crece
y estalla contra las paredes de mi pecho.
Inquieta mis arterias,
me acelera los latidos.
Tengo un puño
jugando tenaz
con los huecos de mi corazón.
3-
Hay cientos de miles
de millones
de múltiples seres
corriendo enloquecidos
por las arterias de mi corazón.
Se estiran
saltan,
gritan,
revolotean agitados
golpeándose contra las paredes de esternón.
Me suben a la garganta,
piden salir,
patalean,
gritan,
se llevan mi aire
y vuelven a su rincón
entre sístole y diástole.
4-
Un tren desbocado orbita las arterias que hacen nido en mi pecho.
No es aire lo que me falta, no es eso. Carezco de un freno para lo que se alborota en mi; no hay causes para este río de sangre inquieta, para esta respiración de múltiples vientos.
Tengo un panal en el pecho y no hay abejas para tanto polen.
5-
Gaitas, es eso.
Lo que se agita en mi es como el ritmo acelerado de una gaita triste llamando a los lobos.
6-
Corre.
La sangre en mi corazón
corre.
Busca un hueco silencioso
donde sosegarse,
una luz pequeña
donde reiniciar,
pero igual corre.
Corre,
corre,
corre
la sangre en mi corazón.
Tengo un multitud de guerreros bailándome en el pecho, es eso o una murga que me agita la sangre.
El corazón me late a toda prisa, como un conejo perseguido por los lobos de mi sangre, y no puedo detenerlo; no atino a encontrar la calma.
Rebotan, diástole - sístole, los pensamientos en el centro de mi pecho; soy un motor acelerado que no encuentra la maquinaria que lo justifique.
Late
late
late
late
cada vez más fuerte
sin que nadie oiga.
Va rebotando,
esternón contra esternón,
es un nido
de conejos inquietos
un panal sin salida
un torrente de agua a punto de desbordar.
Tam-tam
tam-tam
tam-tam
necesito aire
-ya-
2-
Aire,
aire,
aire,
el aire se alborota en mi
se huracana
crece
y estalla contra las paredes de mi pecho.
Inquieta mis arterias,
me acelera los latidos.
Tengo un puño
jugando tenaz
con los huecos de mi corazón.
3-
Hay cientos de miles
de millones
de múltiples seres
corriendo enloquecidos
por las arterias de mi corazón.
Se estiran
saltan,
gritan,
revolotean agitados
golpeándose contra las paredes de esternón.
Me suben a la garganta,
piden salir,
patalean,
gritan,
se llevan mi aire
y vuelven a su rincón
entre sístole y diástole.
4-
Un tren desbocado orbita las arterias que hacen nido en mi pecho.
No es aire lo que me falta, no es eso. Carezco de un freno para lo que se alborota en mi; no hay causes para este río de sangre inquieta, para esta respiración de múltiples vientos.
Tengo un panal en el pecho y no hay abejas para tanto polen.
5-
Gaitas, es eso.
Lo que se agita en mi es como el ritmo acelerado de una gaita triste llamando a los lobos.
6-
Corre.
La sangre en mi corazón
corre.
Busca un hueco silencioso
donde sosegarse,
una luz pequeña
donde reiniciar,
pero igual corre.
Corre,
corre,
corre
la sangre en mi corazón.
miércoles, 3 de diciembre de 2008
Alexitimia*
Soy un hueco en la voz
no atino a murmurar
(muy bajito) - tu nombre-
me deslizo por el vértice
(muy bajito) - de tus ojos-
y no encuentro la forma oval
(muy bajito) - de tu boca –
Soy un hueco
que no sabe pronunciarse
(muy bajito) - y te busco-
siempre.
*Imcapacidad de verbalizar las emociones
no atino a murmurar
(muy bajito) - tu nombre-
me deslizo por el vértice
(muy bajito) - de tus ojos-
y no encuentro la forma oval
(muy bajito) - de tu boca –
Soy un hueco
que no sabe pronunciarse
(muy bajito) - y te busco-
siempre.
*Imcapacidad de verbalizar las emociones
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