De pie a las 6:45.
Tengo frío, tengo frío, tengo frío.
Hay momentos decisivos en la vida de una langosta, el fin del verano es uno. El verano terminó, hace ya demasiado tiempo, como para que el cuerpo añore las ganas de sentir frío.
Pienso (sin filosofar, sólo pienso, eso es todo); hay viajes que se van complicando a medida que avanzan; otros se conflictuan antes de iniciarse; este viaje en zigzag en que nos hemos embarcado va mutando en tanta variedad de conflictos y complicaciones pre y post inicio que ya nadie lo nota.
Bebiendo café con leche a las 7:50.
Aún tengo frío (no voy a insistir).
Debería haberlo pensado antes de poner en marcha el motor pero hay combinaciones que instan a la impulsividad, La Voz entonando una canción de McCarteny es una de ellas (por lejos la que más desastres provoca). Soy un conejo en la galera de un mago cuando lo oigo cantar.
La Voz tiene ojos como de andar despacio en pleno terremoto y una paciencia infinita para el olvido, es todo lo delgado que puede y da pasos tan largos que me resulta difícil seguirlo.
Caminando por la Ciudad a las 10:37
No importa el frío.
Voy con La Voz, sumada a su deambular imprevisible, cantando algo que no conozco pero que brota de mi como un manantial. Cuando regresemos a la nave van a dolerme los pies, pero no importa.
Así es salir de viaje con La Voz.
martes, 14 de julio de 2009
domingo, 12 de julio de 2009
Abeja y Trébol
1-
Hoy descubrí el aroma de la pimienta. Tenía la forma del viento de Mayo en las mañanas.
¿Te acordás cuando no entendía los aromas? ¿Aún te acordás de los días en que el sol de la tarde se agotaba en despedidas eternas bajo el árbol de tu puerta? No tengo aromas para esos días, no tengo aromas para nada, salvo un leve deslizar de algo que entonces imaginé que podían ser flores de tu jardín o el viento que llegaba desde el mar.
Soy ciega de aromas. O lo era entonces. Ahora, a veces, creo poder recordar aromas que nunca sentí. El té, sahumerios, el mate de las tardes o una siesta tardía en el patio de baldosas negras.
No tengo formas para esos aromas, puedo inventarlos a gusto, y sin embargo sé, es más que probable, casi todos tengan el cuerpo del perfume de la pimienta subiendo ahora desde mis manos.
2-
Tardes de Domingo en la galería del patio de tu casa. Eran tardes que no iban a cambiar, que seguirán iguales. Quietos los gatos sobres las sillas, hojas secas húmedas sobre las baldosas, el mate haciendo su ronda sin azúcar y muchas palabras.
Tardes que no iban a cambiar.
Y cambiaron.
Otras tardes. Otras rondas de mate. Otras palabras. Que tampoco cambiarán hasta que todo se diluya.
Y vendrán otras voces, y tal vez tenga azúcar el mate que una mano cálida me ofrezca, una tarde de lluvia ida, en la galería de otro patio, otros rincones, otros ojos.
3-
No es triste. Lo que pasa y se va ya no es triste. Estoy acá porque alguna vez tu mano sujetó la mía y luego nos soltamos. Así es el rumbo. Los ríos se juntan sólo una vez, pero nosotros no somos ríos y vamos, como la rueda del molino, girando entre aguas nuevas y ríos idos.
Hoy descubrí el aroma de la pimienta. Tenía la forma del viento de Mayo en las mañanas.
¿Te acordás cuando no entendía los aromas? ¿Aún te acordás de los días en que el sol de la tarde se agotaba en despedidas eternas bajo el árbol de tu puerta? No tengo aromas para esos días, no tengo aromas para nada, salvo un leve deslizar de algo que entonces imaginé que podían ser flores de tu jardín o el viento que llegaba desde el mar.
Soy ciega de aromas. O lo era entonces. Ahora, a veces, creo poder recordar aromas que nunca sentí. El té, sahumerios, el mate de las tardes o una siesta tardía en el patio de baldosas negras.
No tengo formas para esos aromas, puedo inventarlos a gusto, y sin embargo sé, es más que probable, casi todos tengan el cuerpo del perfume de la pimienta subiendo ahora desde mis manos.
2-
Tardes de Domingo en la galería del patio de tu casa. Eran tardes que no iban a cambiar, que seguirán iguales. Quietos los gatos sobres las sillas, hojas secas húmedas sobre las baldosas, el mate haciendo su ronda sin azúcar y muchas palabras.
Tardes que no iban a cambiar.
Y cambiaron.
Otras tardes. Otras rondas de mate. Otras palabras. Que tampoco cambiarán hasta que todo se diluya.
Y vendrán otras voces, y tal vez tenga azúcar el mate que una mano cálida me ofrezca, una tarde de lluvia ida, en la galería de otro patio, otros rincones, otros ojos.
3-
No es triste. Lo que pasa y se va ya no es triste. Estoy acá porque alguna vez tu mano sujetó la mía y luego nos soltamos. Así es el rumbo. Los ríos se juntan sólo una vez, pero nosotros no somos ríos y vamos, como la rueda del molino, girando entre aguas nuevas y ríos idos.
viernes, 3 de julio de 2009
Descalza
1.
No importa cuanto llanto brote de tu dolor,
cuanta furia contenida estalle,
cuanta amargura invada tus entrañas;
en la soledad nada tendrá forma,
no habrá quien contenga tus venas,
no tomará forma ni tendrá color la mañana.
Los instantes vacíos de cada amanecer,
los rincones enmohecidos de tu vida
no oirán nombres dulces,
ni cobijarán susurros de miel.
2.
Busco auroras entre los pliegues de la noche,
sólo hay restos de pan;
busco flores ámbar en la estepa invernal,
sólo hay restos de pan;
busco el calor de la noche en las alas de un cuervo,
sólo hay restos de pan.
3.
Hoy no soy más que silencio en las paredes,
sólo una huella de libélula en el agua,
una esquirla de viento
en el cuello roto de una botella.
Hoy tengo apenas la forma oval de un lago quieto,
los contornos de un espejo en la noche,
Hoy soy de arena.
4.
Clepsidra de tierra,
molino de fuego,
alas de agua,
camino de aire,
niña incompleta buscando su sombra
que trae despojos del día en la mirada
y un huracán dormido bajo los pies.
Niña de mil maneras
que no sabe inventar nombres.
5.
Jacintos,
si la noche huele a jacintos no voy a saberlo, jamás.
Carezco de intentos, me sobran miradas;
soy un hueco en los sentidos.
Jacintos o destellos de luz,
es igual;
sólo hay silencios fríos, anidándome.
No importa cuanto llanto brote de tu dolor,
cuanta furia contenida estalle,
cuanta amargura invada tus entrañas;
en la soledad nada tendrá forma,
no habrá quien contenga tus venas,
no tomará forma ni tendrá color la mañana.
Los instantes vacíos de cada amanecer,
los rincones enmohecidos de tu vida
no oirán nombres dulces,
ni cobijarán susurros de miel.
2.
Busco auroras entre los pliegues de la noche,
sólo hay restos de pan;
busco flores ámbar en la estepa invernal,
sólo hay restos de pan;
busco el calor de la noche en las alas de un cuervo,
sólo hay restos de pan.
3.
Hoy no soy más que silencio en las paredes,
sólo una huella de libélula en el agua,
una esquirla de viento
en el cuello roto de una botella.
Hoy tengo apenas la forma oval de un lago quieto,
los contornos de un espejo en la noche,
Hoy soy de arena.
4.
Clepsidra de tierra,
molino de fuego,
alas de agua,
camino de aire,
niña incompleta buscando su sombra
que trae despojos del día en la mirada
y un huracán dormido bajo los pies.
Niña de mil maneras
que no sabe inventar nombres.
5.
Jacintos,
si la noche huele a jacintos no voy a saberlo, jamás.
Carezco de intentos, me sobran miradas;
soy un hueco en los sentidos.
Jacintos o destellos de luz,
es igual;
sólo hay silencios fríos, anidándome.
jueves, 11 de junio de 2009
Lagunar
Amanecer con el cabello disperso,
ser dos,
tres,
un millón de células diseminadas en el viento.
Caer del borde eclipsado de tus pupilas,
a la noche gris.
Luces del Sol bajo mis párpados;
verte inmóvil,de pie,
desnudo frente a la ventana:
días y noches crecen en ti.
Hay formas circulares que te contienen,
inquietudes de tu nombre en mi boca.
ser dos,
tres,
un millón de células diseminadas en el viento.
Caer del borde eclipsado de tus pupilas,
a la noche gris.
Luces del Sol bajo mis párpados;
verte inmóvil,de pie,
desnudo frente a la ventana:
días y noches crecen en ti.
Hay formas circulares que te contienen,
inquietudes de tu nombre en mi boca.
viernes, 8 de mayo de 2009
El otro lado
¿Qué queda para el árbol que crece
en el margen violento de la vereda?
¿Qué raíz amarga,
sabia herida,
rencor del golpe en la espalda?
Ser lo que le sobra a esta Ciudad
-reina sucia,enmohecida,
Saturno deglutiente de piernas dobladas-
ser menos que nada
y tener que vivir igual.
¿Qué queda
desde la vereda sucia,
desde la sangre en las alcantarillas
para el árbol inclinado
que busca sombra?
¿Para la sombra misma
ya dolida,
rota,
cansada de ser sombra
y nada más?
¿Qué queda entonces
para estas manos
que se resisten a no ser vistas?
¿Para estos niños,
ya hombres,
ya mujeres,
recibiendo el golpe
en las piernas,
el vientre,
el sexo?
¿Qué queda si ya no estás,
si ya no estamos
para gritar?
en el margen violento de la vereda?
¿Qué raíz amarga,
sabia herida,
rencor del golpe en la espalda?
Ser lo que le sobra a esta Ciudad
-reina sucia,enmohecida,
Saturno deglutiente de piernas dobladas-
ser menos que nada
y tener que vivir igual.
¿Qué queda
desde la vereda sucia,
desde la sangre en las alcantarillas
para el árbol inclinado
que busca sombra?
¿Para la sombra misma
ya dolida,
rota,
cansada de ser sombra
y nada más?
¿Qué queda entonces
para estas manos
que se resisten a no ser vistas?
¿Para estos niños,
ya hombres,
ya mujeres,
recibiendo el golpe
en las piernas,
el vientre,
el sexo?
¿Qué queda si ya no estás,
si ya no estamos
para gritar?
sábado, 21 de marzo de 2009
Miércoles por avión
"regalo para la Linterna"
Roger levantó la cabeza con una lentitud exasperante y fijó la vista en la pantalla de titilantes letras rojas, a decir verdad toda la operación fue bastante inútil ya que, sin las gafas, sólo alcanzaba a ver una sucesión de líneas y puntos centelleantes que no le decían nada. Consultó la hora en su teléfono móvil pero el gestó fue demasiado mecánico y no llegó a registrar los números en su mente, aunque tampoco le importó. De un parlante hostil emanó una voz lánguida pronunciando palabras apretadas en un idioma que no entendió por lo que decidió acercarse a la zona de arribos.
Detrás suyo, de pie, con un arrugado traje marrón, un hombre sostenía en alto un cartel donde había garabateado a toda prisa un nombre con tinta verde; unos metros más atrás otro hombre, algo robusto y calvo, sostenía otro cartel de letras imposibles. Le pareció que ninguno de los dos parpadeaba y se preguntó si no debería haber llevado su propio cartel, aunque más no fuera para sentir que hacía algo mientras esperaba. A pocos metros, a la derecha, una pareja de jóvenes permanecía en silencio tomados de la mano; junto a ellos un grupo integrado por tres señoras regordetas fijaba su vista en las puertas de arribo. A su alrededor varias personas iban y venían, o simplemente estaban de pie, sin demasiado entusiasmo.
La voz lánguida volvió a la carga con su discurso indescifrable. Con las manos en los bolsillos, Roger, oteo el panorama: los rostros de los recién llegados no le decían nada más allá de las ojeras de los hombres y los peinados alborotados de las mujeres. No eran “los suyos” por lo que giró sobre sus talones y se dirigió hacia la caseta del expendio de golosinas. Frente a una multitud de chocolatinas y paquetes de caramelos su mente se vació de pensamientos; lentamente recobró el aroma de un cuerpo lejano, el deslizar suave de sus manos por la desnudes de su espalda, las noches interminables al borde del abismo.
De pronto sintió un leve roce en el brazo y una tibieza que sujetaba firmemente su mano abierta. Volvió la cabeza en dirección a aquel contacto y entonces la vio: allí estaba, sin maquillaje, como siempre, con el cabello suelto y una maleta siguiéndola.
-¿Buscamos un taxi o caminamos?
Preguntó dejándole un beso sobre su boca cerrada.
-Caminemos.
Atinó a responder Roger y se dejó llevar de la mano. Como siempre.
Roger levantó la cabeza con una lentitud exasperante y fijó la vista en la pantalla de titilantes letras rojas, a decir verdad toda la operación fue bastante inútil ya que, sin las gafas, sólo alcanzaba a ver una sucesión de líneas y puntos centelleantes que no le decían nada. Consultó la hora en su teléfono móvil pero el gestó fue demasiado mecánico y no llegó a registrar los números en su mente, aunque tampoco le importó. De un parlante hostil emanó una voz lánguida pronunciando palabras apretadas en un idioma que no entendió por lo que decidió acercarse a la zona de arribos.
Detrás suyo, de pie, con un arrugado traje marrón, un hombre sostenía en alto un cartel donde había garabateado a toda prisa un nombre con tinta verde; unos metros más atrás otro hombre, algo robusto y calvo, sostenía otro cartel de letras imposibles. Le pareció que ninguno de los dos parpadeaba y se preguntó si no debería haber llevado su propio cartel, aunque más no fuera para sentir que hacía algo mientras esperaba. A pocos metros, a la derecha, una pareja de jóvenes permanecía en silencio tomados de la mano; junto a ellos un grupo integrado por tres señoras regordetas fijaba su vista en las puertas de arribo. A su alrededor varias personas iban y venían, o simplemente estaban de pie, sin demasiado entusiasmo.
La voz lánguida volvió a la carga con su discurso indescifrable. Con las manos en los bolsillos, Roger, oteo el panorama: los rostros de los recién llegados no le decían nada más allá de las ojeras de los hombres y los peinados alborotados de las mujeres. No eran “los suyos” por lo que giró sobre sus talones y se dirigió hacia la caseta del expendio de golosinas. Frente a una multitud de chocolatinas y paquetes de caramelos su mente se vació de pensamientos; lentamente recobró el aroma de un cuerpo lejano, el deslizar suave de sus manos por la desnudes de su espalda, las noches interminables al borde del abismo.
De pronto sintió un leve roce en el brazo y una tibieza que sujetaba firmemente su mano abierta. Volvió la cabeza en dirección a aquel contacto y entonces la vio: allí estaba, sin maquillaje, como siempre, con el cabello suelto y una maleta siguiéndola.
-¿Buscamos un taxi o caminamos?
Preguntó dejándole un beso sobre su boca cerrada.
-Caminemos.
Atinó a responder Roger y se dejó llevar de la mano. Como siempre.
sábado, 7 de marzo de 2009
LA CONDICIÓN DE LOS PERROS II
2- Los otros
Los humanos
Sus piernas rectas a la altura de mis ojos. Los veo masticar con fuerza algo de lo que sólo me llega el olor, sé que alguna vez tuve ese olor entre mis dientes pero la verdad se me escapa. Siento el roce de sus manos sobre mi lomo cansado y no quiero moverme hacia la sombra. Creo que podríamos haber sido un pueblo único llamándonos por nuestros nombres, no hay otros como ellos que tengan manadas tan agradables. Pero les faltan, o les sobran, no lo sé, pequeños intentos.
No me ven, si no traigo un hueso en la boca puedo morirme aquí mismo, juntar moscas, infectar su aire y no sabrán por qué han muerto. Somos dos pueblos demasiado cómodos, demasiado acostumbrados los unos a los otros ¿Nos necesitamos? Tal vez no.
Los humanos
Sus piernas rectas a la altura de mis ojos. Los veo masticar con fuerza algo de lo que sólo me llega el olor, sé que alguna vez tuve ese olor entre mis dientes pero la verdad se me escapa. Siento el roce de sus manos sobre mi lomo cansado y no quiero moverme hacia la sombra. Creo que podríamos haber sido un pueblo único llamándonos por nuestros nombres, no hay otros como ellos que tengan manadas tan agradables. Pero les faltan, o les sobran, no lo sé, pequeños intentos.
No me ven, si no traigo un hueso en la boca puedo morirme aquí mismo, juntar moscas, infectar su aire y no sabrán por qué han muerto. Somos dos pueblos demasiado cómodos, demasiado acostumbrados los unos a los otros ¿Nos necesitamos? Tal vez no.
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