domingo, 11 de diciembre de 2011

Cierta distancia


Miro las fotos en la heladera, sostenidas por imanes gastados de años viejos y promociones nunca usadas, y plagio mis propis palabras repitiéndole al viento que a dos mil quinientos kilómetros es de noche y aún no sé a cuál de los dos le tocaba regresar. Desisto de esta perspectiva y me detengo en el calendario, uno nuevo, de ahora (creo), “en un año exacto habrá profecías con esta fecha”, pienso y desisto también de los registros temporales.

La más vieja de mis gatas decide ignorar es esta manía que adquirir de andar contando las baldosas entre tu ausencia y la cocina, y se dedica insistentemente a la siesta. Mientras tanto, afuera, vuelven las libélulas a invocar la lluvia. Pero no llueve.

Preparo el mate por costumbre, por restarle horas al día, por no tomar una decisión. Azúcar, un poco de inquietud y está necesidad de no ser yo tan lejos. Escribir, dibujar, agobiarme con el calor, desesperar. Voy de pared a pared tratando de no enredarme con mi sombra y estas ganas que no encuentran hacia donde escapar.

Me detengo. En algún momento se va a levantar el verano. Y yo con él. Y me voy a poner en marcha, aún sin tus manos me voy a poner en marcha. Ya vas a ver como no regreso, ni te espero; como aprendo a bailar descalza sin que me hagas girar.

Pero no es tan fácil. Nunca nada es fácil. Porque sigo sin saber a cuál de los dos le tocaba regresar y en qué puerto me dejé las maletas.

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